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domingo, 3 de noviembre de 2013

Cautiva en Auschwitz.

¿Cómo he podido llegar aquí? Pienso. Estoy sola, triste, vacía por dentro. Necesito confianza, apoyo, amor, pero no tengo nada, sigo asolada en este lugar oscuro. Lo sé, lo intuyo, estos días llegaran a su fin. No queda mucho tiempo. Me paso los días en una esquina, contando los segundos que pasan, intentando recordar la vida que tenía antes, imaginando mis fantasías y, sobre todo, esperando poder salir de este lugar. No sé cuanto llevo aquí, días, meses, años, no lo sé. Lo único que sé es que me muero, me muero por dentro. Mi sangre no circula, mi corazón no late, estoy muerta en vida. Recuerdo que cada día despertaba viendo el amanecer, algo que ya añoro contemplar. Lo hacía sola, sin el cariño de nadie. No podía evitar llorar, era imposible. Mis lágrimas recorrían todo mi rostro hasta llegar al suelo. Fría. Me encontraba fría, sin sentimientos, sin alma. Los días lluviosos me reflejaban. Pasaba el tiempo mirando como caían las gotas. Tampoco recuerdo la ultima vez que vi el sol. Nunca fui feliz. Perdí la razón, he intentado perder la vida, mis intentos han sido en vano. Ya solo me quedaba esperar. Las únicas amigas que tengo son la soledad y la tristeza. Mi mente creó un amigo imaginario, incluso él me abandonó. Mi autoestima se esfumó. Quería dejar esta vida, apartarme de la tierra, visitar al cielo. Las puertas de aquella oscura habitación se abrían. Mis ojos se cegaron al ver la luz. Volví a recuperar la vista y había una silueta que se acercaba a mí. Asustada, le agarré la mano y me ayudó a salir de allí. No lo entendía, ¿sería este mi fin? Salí de allí, miraba de un lado a otro. ¿Dónde estaba? Repetía una y otra vez. Cada vez que caminaba me caía, era incapaz de sostenerme. Todos me miraban. ¿Qué querían? Trabajaban forzosamente sin descanso. Me llevaron a las duchas. Me fijé en un detalle. ¡Demonios! Cuatro años, cuatro malditos años llevo encerrada en este infierno. ¿Cómo se puede vivir sola, con frío, apenas con comida y sin el cariño de las personas a las que amas? Me tomé un baño con el agua congelada, que remedio. Me enviaron de nuevo a aquella oscura habitación. Vuelvo a estar sin luz. Nunca hice nada malo, siempre ayudé a los demás. ¿Por qué a mí? ¿Por qué me hacen esto cuando entregué todo mi amor? Perdí a todos de un día para otro. Me rompieron el corazón, me robaron el alma y me lavaron el cerebro. Perdí la memoria. Vivo con el tormento de esta sucia vida, deseando que mi muerte llegue pronto. Toda mi vida se mide en tiempo y no en momentos felices, ya que nunca tuve la ocasión de vivir uno. Oigo gritos, disparos y golpes. ¿Qué está ocurriendo ahí fuera? Una luz. Veo una débil luz entrando por un ventanuco desde donde se escucha una voz. ¿A quién pertenecía? Las puertas se vuelven a abrir, es la misma persona que vino antes. Me agarra, me empuja y me coloca al final de una larga fila de personas. Una cámara se abrió. Todos entraron, uno a uno, lentamente. La puerta se cierra. Todos lloran. Parece ser que hasta aquí hemos llegado, nuestras vidas llegan a su fin. Se oye un ruido estremecedor. Cada vez me cuesta más y más respirar. Tantos años de tortura, tantos años de dolor. ¿Me mereceré esta muerte tan fraudulenta? No puedo respirar, me quedo sin aire. Espero poder reunirme con mis seres queridos allí arriba. Me caigo al suelo, estoy muriéndome. Cierro los ojos, ya todos están muertos, y llega mi turno. En mi horrenda estancia aquí he aprendido algo, y es que todo principio tiene su final, y este es el mío.

sábado, 26 de octubre de 2013

Amarás a quien no te ama por no haber amado a quien te amó.

No, no puedo. No puedo esconder todo lo que siento por ella a estas alturas, pero la duda me echa hacia atrás. Si se lo confieso, ¿responderá sí o, tal vez, no? No puedo seguir callando lo que siento cuando la veo. A su lado el tiempo vuela, mi corazón se acelera, mi cuerpo se inmoviliza, todo es diferente junto a ella. Pero también siento miedo. Miedo de que diga no. Miedo de perder la amistad. Miedo de perderla para siempre. No quiero que suceda eso. La veo todos los días. Nadie sabe el dolor que llevo dentro. El dolor de callarme y tenerla a mi lado sin poder expresar lo que mi corazón siente. Eso acabaría. Prometí armarme de valor y, sea cual sea la respuesta, lo aceptaré. O eso espero...
Quedamos en un pequeño parque que había junto a un instituto. Cuando llegué, ella ya estaba allí. Estaba sentada en un banco y me senté a su lado. Le cogí la mano, le miré fijamente a sus ojos, azules como el cielo, y me atreví a contarle todo lo que mi corazón quería liberar.
-Verás, Aurora. He estado ocultando esto mucho tiempo y no aguanto más.
-Preocupada- ¿De qué se trata?
-Durante varios meses, he vivido un tormento, y es debido a que he sentido cosas por ti. No me atrevía a decírtelo, no tenía suficiente valor para contártelo. Pero ahora que lo sabes, solo tengo una pregunta. ¿Sientes lo mismo que yo?
En ese momento, apareció un largo silencio. Uno de esos silencios en los que no sabes que decir, o ni siquiera si deberías hablar. Aurora agachó la cabeza. En varios segundos la levantó, riendo a carcajadas.
-Riendo- ¿Pero qué dices? ¿Yo? ¿Contigo? Ni lo sueñes.
Aurora se fue corriendo y riendo. Ya no se veía a lo lejos de la calle. Rompí en lágrimas. Fui tonto. Ella era la chica más hermosa del instituto, ¿cómo se fijaría en mí?
Varios meses después, perdimos la conexión entre nosotros. Vi en un periódico reciente una noticia que me impactó:
''Joven estudiante de secundaria fue atropellada ayer en la carretera general. Actualmente está en el hospital y permanece con vida.''
Era Aurora. Me dirigí al hospital para visitarla. Aquel accidente hizo escapar toda su belleza, arruinándola por completo. Allí, Aurora echó la mirada hacia el pasado, recordando el rechazo de hace meses.
-Verás, David -Comenzó- Ahora me doy cuenta del gran error que cometí aquel día.
-Sorprendido- ¿Qué quieres decir?
-Querría saber si me darías una oportunidad.
-¿Una oportunidad? -Se queda callado por unos segundos- ¿Sabes qué? Me hicistes sufrir, destruistes mi corazón, mi vida. Tardé meses y meses en olvidarte. Me costó mucho que salieras de mi vida. ¿Aún pretendes que unas simples palabras arreglen meses de dolor?
-Pero...
-No, Aurora, estás muy equivocada. Solo te digo una cosa que espero que nunca olvides, y es que amarás a quien no te ama por no haber amado a quien te amó.
En aquel instante me fui y ninguno de los dos sufrimos nada por el otro. 
Jamás.

domingo, 20 de octubre de 2013

Capítulo 2 'La casa aislada': Sacrificio.

Ya han pasado seis meses desde lo que ocurrió en aquella casa. Yo sigo aquí, solo, atormentado, pensando y recordando a cada segundo todos los momentos, buenos y malos, que viví con ellas. Estoy vagando por las calles, sin nada que hacer. He perdido las ganas de vivir. Sé que poco a poco mi corazón deja de latir, como si estuviera muerto en vida. Regresé a aquella casa en busca de pruebas. Era curioso, ya no estaba allí. Debí olvidar las coordenadas, o tal vez la derrumbaron, no sé. Todo lo sacaré a luz. Tendré que averiguarlo yo solo. Intenté acudir a la policía. Me tomaron por loco, aunque, estoy empezando a pensar que así es. En mis sueños, siento como aún puedo oler el perfume de mi mujer y la fragancia de mi hija, como si estuvieran a mi lado día a día. Aumentaban mis ganas de tenerlas a mi lado, abrazarlas, besarlas. Mi única esperanza, aunque fuera una locura, era contactar con ellas mediante un exorcismo o algo parecido. Situé en mi habitación una tabla con el alfabeto y una púa en uno de sus extremos. Encendí cuatro velas rojas y cuatro velas blancas entorno a la habitación. Se senté y coloqué mis dedos en la púa. Notaba como poco a poco se movía sin mi ayuda.
'Estamos contigo, no temas'
Aquella tabla expresaba ese mensaje. Recogí todo, pensando que no sirvió de nada. Me dirigí hacia el salón para ver la tele. Me fijé en el sofá. Por lo alto asomaban dos cabezas. Me acerqué lentamente. Me coloqué de frente. No me lo podía creer, eran ellas. Quedé alucinado. Un mensaje provenía de a lo lejos, en el cual se escuchaba:
'Derramar tu sangre, símbolo de libertad hacia seres queridos.'
¿Quería que me sacrificara para que ellas volvieran a la vida? Fuera lo que fuese aquel mensaje, no quería seguir viviendo solo. Lo hice, me quité la vida por ellas. Daría todo mi aprecio y mi amor, pero mi vida, es una forma de expresar que todo lo que hay en ella se queda corto para explicar lo que sentía por aquellas dos personas.

sábado, 12 de octubre de 2013

Viaje al futuro.

Parecía tan real que difícilmente se confundía con un sueño. Todo ocurrió exactamente la noche pasada. Estaba paseando por la ciudad. Caminé rumbo a la plazoleta principal, pero algo me desconcertó. Todo estaba vacío. No había nadie, ni siquiera las palomas que descansaban en lo alto de la iglesia. Las tiendas cerradas, periódicos tirados en el suelo y, lo más extraño, una pared derrumbada. Me acerqué y entré en el gran agujero. Todo estaba oscuro y, por más que avanzaba, no veía el final. Por un momento pensé que era un túnel sin salida. Vi una luz. A medida que caminaba la veía mejor. Pensé que era el fin de aquel largo túnel. Acerté. Todo volvió a estar oscuro pero, al instante, un destello deslumbró mis ojos. Los cerré. Cuando los abrí aquella luz desapareció. ¿Qué ocurrió en ese momento? Aparecí en un bosque. Sentí una extraña presencia moviéndose inquietamente de un lado a otro. Miré a los lados. No lo entendía, estaba solo. Encontré una mansión. Me acerqué y el portón se abrió solo, parecía que alguien me esperaba dentro, sabía de mi visita. Exploré toda la mansión y no había nadie. Cada vez estaba más desconcertado. Me tumbé en una grande y cómoda cama en una habitación que había al fondo del pasillo y me quedé profundamente dormido, como si llevara horas caminando en busca de algo. Al despertar me dirigí al portón dispuesto a salir, pues no era mi casa. ¿Qué dirían los dueños si me vieran allí? Me recordaba al clásico cuento de Ricitos de Oro. Cuando lo hice me quedé patidifuso. ¿Dónde estaba? Antes había un frondoso bosque y ahora me encuentro perdido en una gran ciudad repleta de luces de neón. Cogí un periódico y miré donde me encontraba. Me hallaba en 'El Paraíso Negro'. Parecía ser que se nombraba así puesto que siempre era de noche. Seguidamente miré la fecha pero, ¿qué significaba esto? ¿Era una broma? ¡Estaba a día 25 de Abril de 2156! ¿Dormí un largo sueño o aquella mansión viajó en el tiempo? No, era imposible. Paseé por la ciudad en busca de respuestas. Las aceras se movían solas como escaleras mecánicas y los coches flotaban en el aire. No podía creer lo que veía. Agarré un mapa de una agencia de viajes y caminé hacia la ubicación de la mansión. Entré y volví a tumbarme en la cama, esta vez para comprobar si viajaba en el tiempo o no. Volví a salir de la mansión y, otra vez aquí, en el bosque. La extraña presencia aún la sentía. Mientras no estaba allí ocurrió algo, pensé a primera vista que podía ser debido a un terremoto. Todos los árboles estaban derrumbados. Miré a lo lejos del bosque y estaba la extraña presencia, en pie. Se dirigía hacia mí. Corrí hacia la mansión, me escondí allí durante 10 minutos y cuando salí volví a aparecer en la ciudad. Definitivamente era la mansión la que viajaba en el tiempo, ya que en ese período no dormí. Pero aún la presencia me atormentaba. La ciudad que antes estaba desierta ahora se encontraba llena de sombras. Me acorralaban, me empujaban, me gritaban. Cerré los ojos asustado. Cuando los volví a abrir vi que estaba en mi casa, tumbado en mi cama y mi madre gritándome:
'¡Despierta, vas a llegar tarde a clase!'
Me alegré, ya que los empujones, los gritos y la presencia era la forma de despertarme de mi madre y aquel espantoso futuro era un sueño irreal.

domingo, 6 de octubre de 2013

Pesadilla versión 1: Premonición.

20:30 horas. Gianni salía de la oficina. porfin la dura semana de trabajo llega a su fin. Se dirigió a su ciclomotor que estaba encadenado junto a un árbol. Abrió el candado, quitó la cadena y se puso el casco. Subió y arrancó. Iba tranquilo, ojeando detenidamente las calles. Llegó a un cruce. Rojo. El semáforo estaba en rojo. Al otro lado del cruce se acercaba un camión, llevaba prisa. El semáforo que daba preferencia a Gianni se puso en verde. En cambio, el que se la daba a Jerry, el conductor del camión, estaba en rojo. Gianni estaba dispuesto a cruzar. Jerry, impaciente, quitó el freno de mano, pisó el embrague mientras colocaba la primera marcha y, soltándolo, pisaba el acelerador. Jerry no vio a Gianni y él no pudo actuar. Aquel peligroso cruce se tiñó de rojo. Jerry se dio a la fuga. Nadie vio nada. Gianni estaba allí, destrozado. Una mujer estaba paseando y lo vio tirado en el suelo. Rápidamente, llamó a la ambulancia. No tardaron  en llegar. Se lo llevaron al hospital. Jerry se enteró seis horas después y decidió visitarle. Lo vio, vendado de la cabeza a los pies. entró en la habitación, se sentó y se quedó dormido. Mientras descansaba los doctores cuidaban a Gianni. Veían que Jerry se movía, inquieto, como si tuviera una pesadilla. en ella, recordaba todo lo que sucedió y se levantó dando un salto en la silla. Levantó la mirada hacia el frente. Gianni ya no estaba en la cama. De repente, apareció delante suya y lo mató. Despertó de aquella horrible pesadilla, se puso en pie y, poco a poco, asustado, levantó la mirada. En la realidad, Gianni tampoco estaba allí. Aterrorizado, miró de un lado a otro y se dirigió a la puerta, tratando de abrirla. no podía, estaba cerrada con cerrojo. Una mano acarició su hombro. Jerry se giró y era él, vendado, de pie, junto a Jerry. Las vendas que cubrían a Gianni se desprendieron hasta el sueloo, descubriendo todo su cuerpo ensangrentado y con los huesos rotos. Jerry intentó derrumbar la puerta, tratando de escapar. Ésta se rompió y él se fue a su casa corriendo sin mirar atrás. Los doctores, preocupados, entraron en la habitación, pero solo vieron a Gianni vendado y tumbado en la cama. Jerry llegó a su casa sofocado, con el corazón en la mano. Se dio una ducha, se dirigió a su cama y decidió dormir. A la mañana siguiente su habitación estaba repleta de vendas y Jerry atado en la cama. Parecía una pesadilla. La puerta se abrió y entró Gianni. Lo agarró del cuello, se acercó a él y le susurró:
-Vas a morir.
En aquel momento desapareció. Una luz blanca cegó sus ojos y volvió a ver a Gianni, pero esta vez con el aspecto de antes del accidente. Se acercó y le dijo:
-Vuelve al lugar donde ocurrió todo, a la misma hora.
Todo aquel espanto se esfumó y Jerry fue al cruce. Se situó en el centro. Todo se volvió oscuro. Aparecieron dos Giannis, el vivo y el muerto. Él no entendía nada. Empezaron a hablar con una voz grave.
-Por tu culpa ahora estoy muerto, ahora te toca a ti -Señala a Gianni muerto- Él te iba a ayudar pero yo te tendí una trampa.
-¿Qu-qué quieres decir? -Dijo aterrorizado- Gianni, lo siento, no lo hice queriendo, ¡fue un accidente!
-Me da igual, perdí mi vida, ahora sufrirás lo que yo he aguantado. -Gira la mirada hacia el fondo de la calle- Ahí viene tu destino.
Un camión se acercaba a 160km/h. Gianni, el muerto, estaba intentando hacer algo. Jerry cerró los ojos. El tiempo transcurría. Los volvió a abrir y vio a Gianni empujando el camión. El otro, intentó apartarle.
-¡Quita de ahí! ¡Este es su destino!
-No, no lo es. ¡Abre los ojos por Dios! Mírate, estás tratando de quitarle la vida a una persona solo por un accidente del que no tuvo culpa.
-Bien. Habrá que tomar medidas.
El camión explotó y el fuego quemó a Jerry. Todo desapareció, como un vacío, una distorsión de tiempo y espacio, todo oscuro.
-¿Eh? ¿Dónde estoy?
A lo lejos apareció Gianni rodeado de una luz blanca.
-Estás muerto. Tu alma está vagando por el mundo, buscando la paz. Permanecerás aquí para siempre, lo siento.
Jerry abrió los ojos, ¿todo fue un sueño? Él estaba en su camión, conduciendo tranquilo. De repente, el cristal se empaó de sangre. Bajó del camión y vio a Gianni tirado, de la misma forma del sueño.
-¡¿Qué diantres está pasando?!
Todo estaba transcurriendo al igual que en el sueño. Jerry sabía que tarde o temprano iba a morir. Aquella premonición se cumplió y acabó en el mismo estado lamentable: Sin vida.

La casa aislada.

Aquella puerta reflejaba un mundo de oscuridad. Nadie se atrevía a adentrarse allí, era muy peligroso. Todas las familias que en aquella casa residían acababan suicidándose. Era un misterio saber el por qué de tales actos. Ahí entraba yo, apartado de todos esos rumores que no eran creíbles o era la maldita verdad. Fuera lo que fuese, ficción o realidad, era aterrador. Aquella casa se situaba en la periferia de la ciudad, apartándola de cualquier sociedad. Dejé a mi familia, mi mujer de 34 años y mi hija de 8, dolorido por si volvería o no a ver esas sonrisas radiantes al amanecer. Me echaba para atrás esa idea. Me dirigí a la casa en mi coche. Aparqué en un descampado que había al este de la casa. Allí estaba yo, frente a frente, a solo 10 pasos de vivir una de las experiencias más siniestras de mi vida, entrar en la casa. Saqué la llave de mi bolsillo y la introduje lentamente en la cerradura, haciendo giros suaves hacia la derecha para entrar. No se abría. Me giré para volver a mi coche pero, en cuanto lo hice, un chirrido llegó a mis oídos. Volví la cabeza y la puerta estaba abierta. Entré con pasos firmes, convencido de que nada había allí, tratando de mentir a mi propio subconsciente. A lo lejos se veía un metrónomo de unos 2 metros, sin mover su gran varilla metálica. Cerré la puerta. Me dirigí a la habitación para deshacer las maletas. Abrí el armario, coloqué toda mi ropa y lo cerré. Di un paseo por la casa para conocerla. A simple vista no era tan especial. Al menos eso pensaba antes de medianoche. A esa hora el metrónomo marcaba un compás lento, dentro del armario se oían golpes y los relojes no marcaban la hora. Todo era diferente. Incluso durmiendo sentí una mano agarrando mi pie izquierdo. La puerta se cerraba sola. Totalmente a oscuras, así es como el mal se manifiesta. Por el día todo estaba bien. Mi mujer y mi hija vinieron a hacerme compañía un par de días. 23:49 horas. Estanqué todas las puertas, paré todos los relojes y le arranqué la varilla al metrónomo. 02:28 horas. Era curioso, mi mujer no estaba a mi lado. Me levanté de la cama y empecé a caminar tranquilo. Pensaba que ella estaba en la cocina, preparándose una tila para poder dormir. Me fijé que el metrónomo seguía marcando compás exactamente con el mismo ritmo y la misma varilla que le quité horas antes. Comencé a correr. En la cocina vi a mi hija con un cuchillo y a mi mujer tumbada en el suelo, rodeada por un gran charco de sangre. Mi hija salió de allí, llorando. Lo primero que pensé al ver esa escena fue que algo distorsionó la mente de mi hija. Demonios, tiene 8 años y quiere mucho a su madre, no sería capaz de hacer eso. Me arrodillé por si mi mujer seguía respirando. Ya era tarde. Fui a buscar a mi hija. Gritaba como loco su nombre por toda la casa. Allí estaba, el metrónomo, atravesando su frágil cuerpo. Rompí en lágrimas, no me pude creer lo que ocurría. Escalé hasta el tejado. Enganché una cuerda fina y corta a la chimenea y el otro extremo en mi cuello. '¿Para qué quiero seguir viviendo si acabo de perder a lo que mas quiero en este mundo?' Pensaba una y otra vez. Salté. Estaba colgado de la chimenea. Me sentía torturado, por el motivo de no poder ir con ellos. Esa era mi condena para toda la vida, por culpa de un vano intento de suicidio.