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domingo, 6 de octubre de 2013
La casa aislada.
Aquella puerta reflejaba un mundo de oscuridad. Nadie se atrevía a adentrarse allí, era muy peligroso. Todas las familias que en aquella casa residían acababan suicidándose. Era un misterio saber el por qué de tales actos. Ahí entraba yo, apartado de todos esos rumores que no eran creíbles o era la maldita verdad. Fuera lo que fuese, ficción o realidad, era aterrador. Aquella casa se situaba en la periferia de la ciudad, apartándola de cualquier sociedad. Dejé a mi familia, mi mujer de 34 años y mi hija de 8, dolorido por si volvería o no a ver esas sonrisas radiantes al amanecer. Me echaba para atrás esa idea. Me dirigí a la casa en mi coche. Aparqué en un descampado que había al este de la casa. Allí estaba yo, frente a frente, a solo 10 pasos de vivir una de las experiencias más siniestras de mi vida, entrar en la casa. Saqué la llave de mi bolsillo y la introduje lentamente en la cerradura, haciendo giros suaves hacia la derecha para entrar. No se abría. Me giré para volver a mi coche pero, en cuanto lo hice, un chirrido llegó a mis oídos. Volví la cabeza y la puerta estaba abierta. Entré con pasos firmes, convencido de que nada había allí, tratando de mentir a mi propio subconsciente. A lo lejos se veía un metrónomo de unos 2 metros, sin mover su gran varilla metálica. Cerré la puerta. Me dirigí a la habitación para deshacer las maletas. Abrí el armario, coloqué toda mi ropa y lo cerré. Di un paseo por la casa para conocerla. A simple vista no era tan especial. Al menos eso pensaba antes de medianoche. A esa hora el metrónomo marcaba un compás lento, dentro del armario se oían golpes y los relojes no marcaban la hora. Todo era diferente. Incluso durmiendo sentí una mano agarrando mi pie izquierdo. La puerta se cerraba sola. Totalmente a oscuras, así es como el mal se manifiesta. Por el día todo estaba bien. Mi mujer y mi hija vinieron a hacerme compañía un par de días. 23:49 horas. Estanqué todas las puertas, paré todos los relojes y le arranqué la varilla al metrónomo. 02:28 horas. Era curioso, mi mujer no estaba a mi lado. Me levanté de la cama y empecé a caminar tranquilo. Pensaba que ella estaba en la cocina, preparándose una tila para poder dormir. Me fijé que el metrónomo seguía marcando compás exactamente con el mismo ritmo y la misma varilla que le quité horas antes. Comencé a correr. En la cocina vi a mi hija con un cuchillo y a mi mujer tumbada en el suelo, rodeada por un gran charco de sangre. Mi hija salió de allí, llorando. Lo primero que pensé al ver esa escena fue que algo distorsionó la mente de mi hija. Demonios, tiene 8 años y quiere mucho a su madre, no sería capaz de hacer eso. Me arrodillé por si mi mujer seguía respirando. Ya era tarde. Fui a buscar a mi hija. Gritaba como loco su nombre por toda la casa. Allí estaba, el metrónomo, atravesando su frágil cuerpo. Rompí en lágrimas, no me pude creer lo que ocurría. Escalé hasta el tejado. Enganché una cuerda fina y corta a la chimenea y el otro extremo en mi cuello. '¿Para qué quiero seguir viviendo si acabo de perder a lo que mas quiero en este mundo?' Pensaba una y otra vez. Salté. Estaba colgado de la chimenea. Me sentía torturado, por el motivo de no poder ir con ellos. Esa era mi condena para toda la vida, por culpa de un vano intento de suicidio.
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qe guapo eres hijooo!! <3 by : traviiz
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